LA MUJER DEL TENIENTE
- Karen Saenz Huarocc
- 13 jul 2023
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 17 jul 2023
Nos encontrábamos patrullando en los puestos como habitualmente solíamos hacerlo, después de que nos derogaran a Zapallanga en Huancayo para cuidar a los pobladores. Apenas tenía seis meses dentro del ejército del Perú. Recuerdo que en ese entonces estaba prohibido estar cerca de las mujeres, ya que debíamos estar concentrados, y que, si alguno desafiaba la orden, sería castigado.
Cierto día los antiguos, que es como solían llamar a los que ya llevaban un buen tiempo y, nosotros "los perros", descubrimos al teniente “Lobo” encargado de nuestra unidad, lograr traer cerca a su mujer e hijo. Fue tan audaz que había rentado un cuarto frente al del puesto, donde nuestro querido teniente se escabullía todas las noches sin faltar. Su frescura llegó al punto de que traía a su mujer dentro de la unidad, sin ningún remordimiento ni vergüenza, pues, a fin de cuentas era nuestro superior, no podíamos confrontarlo, a menos que quisiésemos una golpiza.
Todo se desarrollaba con normalidad, cuando de pronto se le subieron los humos a la flamante esposa, que se encargaba de gritonearnos, insultarnos, hacernos sentir menos e incluso mandaba a algunos a lavar los pañales de tela de su hijo, felizmente nunca lo hice. Aún así, a pesar de que nuestra paciencia era muy grande, llegó por fin la gota que derramó el vaso. Uno de esos días el comandante estaba muy furioso, pues su mujer señalaba que se le había extraviado una de sus pertenencias y que si no aparecía nos iban a hacer pagar a todos. Finalmente no se logró encontrar lo perdido y nuestro superior nos mando a realizar los ejercicios más extremos que te puedas imaginar. No se imaginan lo molidos que estábamos y para colmo de todo había una fuerte lluvia torrencial. Estuvimos allí una buena parte de la tarde y noche, incluso el agua de la lluvia ya nos llegaba a las rodillas.
Finalmente, el castigo cesó, nos mandaron a dormir, así empapados, cansados, casi sin aliento y con mucha hambre. Al parecer el valor de la palabra de su esposa era tanta que hasta nos quitaron nuestro rancho, y no, no hablo de ese lugar que ya se estarán imaginando. El rancho era nuestra comida, nuestra miserable comida de hecho, ya que además de que nos encontrábamos sometidos al teniente y su esposa, también nos quitaban buena parte de los alimentos que mandaban para nosotros.
Ya estábamos cansados de toda esta situación, y no sólo la tropa, sino también los sargentos. Entonces esa misma noche a las 12:00 am, nos organizamos para ir a la central e informarle al comandante de la situación de nuestro puesto. El plan era ir a pie para no levantar sospechas y no despertar al teniente, su esposa o al sub oficial. De este modo, toda la tropa y los sargentos nos dirigimos a la central, dejando sólo a dos de nosotros para cuidar el puesto.
Ya estábamos a menos de seis minutos de llegar, cuando de pronto oímos a los lejos, el sonido del Jeep, que era la camioneta del ejército. Al escucharlo, el sargento mayor nos indicó que nos fuéramos a ambos lados de la carretera. El teniente estuvo a punto de encontrarnos, pues siguió los rastros de nuestro calzado, pero tras la presencia de la lluvia nuestras huellas se fueron desvaneciendo y con ellas, las ganas de buscarnos. Los que nos buscaban volvieron al puesto y nosotros aprovechamos en acelerar el paso hacia nuestro destino. Como había mucha niebla en la lluvia, los soldados que patrullaban en este momento nos pidieron identificarnos, ya que pensaban que éramos terroristas. Finalmente logramos presentarnos y contarle al comandante todo lo que había pasado en el puesto y las irregularidades que estaba cometiendo el teniente y cómo su sub oficial lo encubría.
Toda esta situación logró que sacaran al teniente, quién al ser descubierto fue golpeado y corregido por el mismo comandante y que después fue mandando a las zonas de emergencia en el VRAEM, sin oportunidad de despedirse de su esposa e hijo.

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